Montserrat Asensio

Esfuerzo, sí. Pero sin consumirnos

Esforç, sí - però sense consumir-nos
Esfuerzo, sí - pero sin consumirnos
Este septiembre, aprende a diferenciar el esfuerzo que vale la pena y evita consumirte en proyectos y objetivos.

El esfuerzo forma parte de las cosas que queremos conseguir, pero no debería consumirnos. Volver a la rutina puede ser una fuente de energía o un desgaste constante, depende de cómo nos lo planteemos.

Septiembre llega y hacemos listas. Volver al gimnasio. Retomar el inglés. Comer mejor. Aquel proyecto que hace meses que decimos que empezaremos. Organizarnos de una vez. Y en el trabajo, objetivos, presupuestos, planificación del último trimestre.

Pensamos mucho qué queremos que pase. Pensamos bastante menos cómo queremos estar mientras pasa.

Y no es una crítica a la exigencia. Hay cosas que queremos y que piden esfuerzo. Aprender, crecer, cambiar de trabajo, construir algo, liderar un equipo, hacer un trabajo realmente bien hecho. Nada de eso sale solo.

Pide esfuerzo. Pero no nos debe consumir.

La diferencia no es evidente, y empieza siendo muy pequeña.

Una conversación de las diez de la mañana que a la que aún le das vueltas a la hora de cenar. La mecha un poco más corta cada semana. Algo que antes hacías sin pensar y para lo que ahora tienes que reunir fuerzas.

Y continúas, claro. Porque aún puedes.

La pregunta que casi no nos hacemos es si todo esto forma parte realmente del esfuerzo que pide aquello que queremos conseguir.

Porque hay una parte del esfuerzo que la pide el objetivo. Y otra que quizás no.

Aquí conviene ir con cuidado, porque la respuesta fácil es que nos la imponemos nosotros.

A veces sí. Pero esta parte extra también puede venir de una organización mal diseñada, de una cultura determinada, de un jefe, de unas expectativas imposibles, de una falta de recursos o de llevar años compensando alguien aquello que no funciona.

Decirle a alguien que se está consumiendo que debería gestionarse mejor es, muchas veces, parte del problema.

Un día empezamos a preguntarnos si para estar mejor tendremos que querer menos.

Quizás no.

Quizás antes de renunciar a aquello que queremos, vale la pena mirar qué parte del precio es inherente a conseguirlo y qué parte hemos normalizado sin preguntarnos nunca si hacía falta.

Así que quizás este septiembre, al lado de la lista de cosas que queremos conseguir, podríamos hacer otra.

No solo qué quiero que pase, sino cómo quiero estar mientras pasa.

Y cuando algo empiece a consumirnos, hacernos una pregunta más: ¿esto lo exige realmente aquello que quiero conseguir, o es que siempre lo he hecho así?