Cuando una ciudad decide que jugar también es cultura
Durante muchos años nos han vendido que jugar es una actividad menor, una especie de capricho simpático que toleramos en la infancia y miramos con condescendencia cuando llega a la edad adulta. Como si pensar, imaginar, negociar, perder, cooperar y volver a intentarlo no fueran precisamente algunas de las cosas más serias que hacemos en la vida.
Por eso tiene algo de pequeño milagro civil que una ciudad reserve espacio, tiempo y energía para celebrar el juego en todas sus formas. No como decorado de fin de semana, sino como punto de encuentro, como lenguaje compartido y como excusa perfecta para que generaciones, estilos y maneras de entender el ocio se pongan a hablar sin tener que fingir que no se lo están pasando bien.
Sábado 21 de marzo, la sala Kursaal de Valls volvió a demostrar que un festival del juego no es una extravagancia para cuatro frikis con dados, sino una manera muy concreta de entender la cultura. La tercera edición del Valls Juga reunió más de 130 actividades, cuatro zonas de juego, más de 3.000 metros cuadrados de propuestas y una jornada gratuita que se prolongó desde las 10 de la mañana hasta la medianoche. Traducción simultánea para quien aún viva el juego como una afición secundaria: eso no era un pasatiempo. Era hacer ciudad. Cuando una ciudad se toma el juego en serio
Valls Juga 2026, en cinco datos rápidos
- Fecha: sábado 21 de marzo de 2026
- Duración: 14 horas (de las 10h hasta la medianoche)
- Espacio: sala Kursaal de Valls
- Programación: más de 130 actividades
- Escala: 4 zonas de juego y más de 3.000 m²
- Ecosistema: una veintena de autores y autoras, una treintena de editoriales y más de 120 juegos demostrados
- Visitantes de la edición 2026: 1.800 personas
La gracia del Valls Juga es que no plantea el juego como una actividad ornamental, de esas que quedan muy bien en la foto institucional y luego desaparecen como las buenas intenciones un 2 de enero. Aquí hay tejido asociativo, voluntariado, complicidad local y mirada larga. Hay entidades que le ponen horas, conocimiento y entusiasmo; hay demostradoras, familias, creadores, editoriales y público con ganas de rebuscar, probar, preguntar y descubrir. Hay, en definitiva, una comunidad haciendo cultura desde abajo, que es algo mucho menos glamuroso que un photocall pero mucho más útil.
Esto también explica su trascendencia para Valls y para el Camp de Tarragona. Cuando un festival reúne juegos de madera, juegos de mesa, juegos de cartas, rol, ajedrez, puzles, pistas, construcción, habilidad y estrategia, el mensaje es claro: jugar no es una cajita estrecha, es un ecosistema. Y cuando ese ecosistema, además, se hace desde un proyecto de ciudad y con vocación de abrirse a editoriales y públicos de todas partes, lo que tienes es una cita que deja de ser local sin dejar de ser propia.
Hay festivales que pasan y hay festivales que arraigan. El Valls Juga pinta a estar en esta última categoría. No solo porque la edición anterior ya había registrado 1.750 visitantes únicos, ni porque este año, también con 1.800 visitantes, la propuesta se haya ampliado, sino porque ha entendido algo básico: en tiempos de pantallas que te chupan la atención como un gestor emocional con suscripción premium, sentarse a jugar cara a cara es casi un acto de resistencia cultural.
Jugar no es “matar el rato”: es entrenar el cerebro sin aburrirlo
La cultura del juego tiene una virtud maravillosa: enseña sin ponerse pesada. Un juego de mesa puede parecer solo un rato agradable, pero detrás trabajan la atención, la memoria de trabajo, la flexibilidad cognitiva, la planificación y el control de impulsos. Dicho de otra forma: eso que muchos llaman “estar jugando” a menudo es estar pensando mucho, pero con menos solemnidad y con muchas más ganas de continuar.
No es una intuición naïf de gente que ama los "meeples". Varias fuentes académicas e institucionales remarcan que el juego contribuye al desarrollo cognitivo, emocional y social; ayuda a ensayar escenarios, a tomar decisiones, a tolerar la frustración y a aprender a cooperar. El juego es, de hecho, un laboratorio seguro donde una persona puede equivocarse, probar estrategias nuevas y descubrir que perder una partida no es ningún drama, cosa que, sinceramente, no siempre se puede decir del mundo real ni de ciertos grupos de WhatsApp.
Aquí es donde la gamificación deja de sonar a palabra de congreso con acreditación colgada al cuello y pasa a tener sentido. Cuando se aplican mecánicas de juego a otros ámbitos —educación, dinamización cultural, salud, aprendizaje, participación—, lo que se intenta es aumentar la implicación, la motivación y la participación activa. No porque una insignia resuelva la vida de nadie, sino porque el juego activa curiosidad, reto, feedback y propósito. Y eso, bien utilizado, es muy potente.
Bien utilizado, aquí está la clave. Porque la gamificación tampoco es una varita mágica ni un “pon puntos y ya aprenderán”. El valor no es disfrazar cualquier cosa de juego, sino entender que hay maneras lúdicas de generar atención, aprendizaje y vínculo. Cuando esto ocurre, jugar deja de ser lo opuesto a pensar. Es, justamente, otra manera de pensar.
Cuando el Kursaal de Valls se convierte en un relato compartido
Una de las imágenes más potentes de la jornada llegó con el juego de investigación en vivo “Protocol Rebrot – El retorno a Valls”, una propuesta oficial del festival escrita por Albert Carrion e interpretada por el Grup del Teatre Principal. Sobre el papel ya era atractiva. En la práctica, fue una demostración brillante de lo que puede hacer el juego de rol cuando activa inteligencia, observación y emoción colectiva a la vez.
Los equipos no solo jugaban: interrogaban personajes, enlazaban pistas, contrastaban versiones, dudaban, reconstruían una historia y discutían hipótesis. Todo ello dentro de una trama con clones, secretos y un ordenador central que controlaba vidas, es decir, exactamente lo que necesitas para que el cerebro se sienta estimulado y el cuerpo vaya un poco más acelerado. Hubo momentos intensos, decisiones precipitadas, silencios de sospecha y esa electricidad que aparece cuando una actividad deja de ser simple animación y se convierte en experiencia memorable.
Este es el gran poder del rol: permite habitar otros puntos de vista, practicar la escucha, negociar con el grupo, leer el contexto y reaccionar. Hay pocos formatos tan eficaces para mezclar narrativa, cooperación, imaginación y gestión emocional. Por eso es tan importante que festivales como este no lo releguen a un rincón exótico, sino que le den espacio propio y valor central. El rol no es una nota al margen. Es cultura participativa en estado puro.
Más allá de los dados: juego, lengua, feminismo y espacio público
Valls Juga también es interesante porque no defiende un único modelo de jugar. Fuera del Kursaal había juegos de acción, puntería, habilidad, tiro con arco, softcombat y propuestas gigantes. Dentro, convivían las familias con la primera infancia, las personas que buscan juegos de construcción, quien quiere una partida más estratégica, quien prefiere el ajedrez o quien llega con curiosidad de probar un prototipo. Esta mezcla es importante porque normaliza la diversidad lúdica y rompe con la caricatura que todavía reduce el juego a un solo perfil.
También hay un valor cultural evidente en la presencia de juegos en catalán y en la apuesta por hacer visible que la lengua también se juega. El stand del programa Totjoc del Consorci per a la Normalització Lingüística, el juego “Caselles” cedido por Òmnium Cultural y un Scrabble en catalán de gran formato no son solo complementos simpáticos: son una forma muy concreta de conectar lengua, ocio y transmisión cultural sin moralina ni pose de dossier.
En esta misma línea, las mesas lilas dedicadas a juegos de temática feminista o con protagonismo femenino aportan otra capa de lectura. Jugar también significa decidir qué relatos contamos, quién aparece y desde qué mirada. Y eso, en un festival que reúne familias, jóvenes, criaturas y público especializado, tiene una fuerza pedagógica notable. Sin sermones. Sin powerpoint. Sólo con experiencias compartidas, que a menudo es la forma más inteligente de transformar imaginario.
Por qué un festival así importa en Valls, en el Camp y más allá
Hay eventos que entretienen y hay otros que tejen territorio. Valls Juga pertenece a la segunda categoría. Porque pone en contacto entidades locales, comercio, voluntariado, autoría, editoriales y público de perfiles muy distintos. Porque activa el centro de la ciudad, dialoga con el espacio público y convierte Valls en algo más que un escenario: la convierte en nodo cultural.
Esto tiene consecuencias para el Camp de Tarragona y, si el proyecto mantiene ambición y continuidad, también para el conjunto de Cataluña. Un festival que reúne a una veintena de autores y autoras, una treintena de editoriales y más de 120 juegos demostrados no solo exhibe producto: crea red, genera conversación, hace comunidad y ayuda a situar el juego en un lugar de prestigio cultural que con demasiada frecuencia aún se le niega. Y cuando, además, incorpora catalán, inclusión, intergeneracionalidad y formatos que van desde el juego tradicional al rol en vivo, el mensaje es poderoso: el juego es patrimonio vivo, no entretenimiento accesorio.
Por eso también hay que agradecer el trabajo de las entidades organizadoras, como "La Pera Juganera", de las personas voluntarias, de “La Pinya”, de las demostradoras, de los equipos que levantan la logística y de todos los que entienden que un festival así no se monta solo con buena fe. Se monta con horas, criterio, cuidado y una fe bastante admirable en la inteligencia colectiva. Que en los tiempos que corren ya es casi un superpoder.
Lo mejor que ha dejado el Valls Juga 2026 no es solo una jornada llena, un sorteo, puzzles gigantes, una partida memorable o una tarde de sábado sin mirar el móvil cada treinta segundos. Lo mejor que ha dejado es una idea cultural de fondo: jugar nos hace pensar mejor, convivir mejor e imaginar más. Y en una época tan obsesionada en ser productiva, eficaz e impecable, quizás lo más moderno de todo es recordar que una sociedad que sabe jugar también es una sociedad que sabe vivir. Para más información del festival, se puede consultar la web oficial de Valls Juga 2026. ¡Y ahora, nos toca esperar con ansias el siguiente!

