La reunión donde la decisión ya estaba tomada
Imagina una reunión donde todo parece abierto, pero la decisión ya está tomada. Esa sensación, tan común como frustrante, explica mucho de lo que pasa en muchas organizaciones.
Cuando asistimos a estas reuniones, a menudo percibimos que la conversación tiene unos límites invisibles y que la decisión real ya se tomó antes de empezar.
—¿Qué pensáis de la propuesta? La pregunta suena sincera. Alguien abre el debate, aparecen matices, se comentan posibles alternativas... La reunión avanza y parece que todavía todo está abierto. Podemos decidir.
Claro que, a veces, a medida que la reunión continúa, empezamos a percibir que algo no acaba de encajar.
Hay personas que hablan como si la decisión aún tuviera que tomarse. Pero otras escuchan con una calma muy particular. Como si todo el pescado ya se hubiera vendido.
Y es que, en realidad, el final de la reunión ya estaba escrito antes de comenzar. La decisión ya hace tiempo que se tomó. La reunión es un trámite.
En muchas organizaciones pasa más a menudo de lo que parece. La reunión se convoca como un debate, pero lo que realmente se hace es otra cosa: explicar la decisión, preparar el terreno o empezar a construir consenso alrededor de aquello que ya se ha decidido.
Esto se nota. Y no gusta nada. A nadie le gusta que nos den gato por liebre.
Quizá no lo dicen explícitamente, pero perciben que la conversación tiene unos límites que nadie ha dicho, pero que se notan. Se pueden hacer aportaciones, sí, pero hay una línea que nadie espera que se cruce.
Con el tiempo, si estas reuniones se repiten, acaban dejando una sensación extraña. Y no es que sean inútiles. De hecho, pueden ser muy eficaces y sirven para compartir información, dar contexto o para explicar por qué se ha tomado una decisión.
Pero no son el espacio de decisión que parecían al principio.
Y esa ambigüedad acaba afectando algo muy delicado dentro de los equipos: la confianza en el proceso. Cuando las personas tienen la sensación de que las decisiones ya llegan hechas, no participan de la misma manera.
Siguen asistiendo a las reuniones, siguen opinando, pero con una energía diferente. Participan, pero ya no creen.
Quizá, en estos casos, la pregunta importante no sea si aquella reunión era necesaria o no. La pregunta es otra.
Cuando convocamos una reunión para decidir entre todos…¿queremos realmente decidir entre todos? ¿O es una reunión «cosmética» para que la decisión parezca compartida?